Crisálida

Cuando no veían luz en el amanecer, ni brillo en las estrellas, los personajes reconocen necesitar ayuda… con los inconvenientes sociales y las barreras que con ellas se enfrentan a elegir por vivir.

Martina es una chica que prometía en la equitación, tras una grave caída de caballo en un campeonato, ve su vida postergada a ver la hípica de lejos. Tras rechazar la ayuda terapéutica se aísla, y ve relajación en “el agua con misterio”. Al principio era un digestivo los fines de semana, y luego pasó a tomar alcohol desde los primeros rayos del sol. Trabajaba sola desde su casa en la bolsa, con las acciones en la empresa familiar. No tenía porqué salir para consumir en la casa, tenía servicio de bodega y reponían por sistema las ausencias.

Nadie intuía qué sucedía a su alrededor y en el infierno donde estaban ya sus ilusiones. Un día salió sin rumbo. Eran las doce y conducía a gran velocidad. Había consumido sin decoro alguno y se puso al volante. Su residencia estaba en la sierra norte de Madrid y al pasar por un puerto se desbocó un caballo y no pudo frenar a tiempo. El equino espantado, se precipita sobre el todoterreno de Martina. Cuando despierta está en el hospital, había ingresado con un traumatismo torácico y una alta cantidad de alcohol en la sangre. Sus índices en unas pruebas alertan del estado de su hígado y de su calidad de vida. Cuando se ve recuperada del golpe, los médicos le preguntan de sus hábitos referente al alcohol. Ella argumenta que bebió por tristeza, como hecho puntual. La psicóloga no la cree, pues su pulso y otros síntomas visibles, hablaban de tal deterioro, del gran consumo que habituaba tener. Se niega a reconocer su enfermedad y tras una dilatada conversación pide el alta y se va. Trascurridos unos días, sus hábitos siguen siendo los mismos, consume alcohol de gran graduación y durante toda la noche. El servicio la encuentra tirada en la terraza con un pestilente olor a vodka y en un estado lamentable de embriaguez. Rápido llaman al servicio de emergencia y es trasladada a la clínica Divino Socorro, la misma que ingresó tras el accidente. Ingresa en coma etílico y sus constantes vitales bajas, está la doctora Del Moral, quién la atiende en la anterior ocasión.  Tras un periodo de gravedad, sale adelante, la sacan de la unidad de vigilancia y pasa a planta. La doctora le pone en una zona con pacientes parapléjicos, cuyo motivo eran accidentes relacionados por la ingesta incontrolada de alcohol y malos hábitos para la salud mental y física. Un veterano de silla y ex alcohólico, entabla conversación con ella, e intenta que tras su relato de por qué se ve así, sin poder andar, recapacite. Él explica que tras quebrar su empresa, se hace amigo de la soledad, y la depresión le asedia y sólo ve luz cuando ya engullía los últimos posos del vino. Las consecuencias latentes hicieron entender a Martina que algo en ella no marchaba bien, aunque se resistía diciéndole en su réplica que ella no era una “borracha”, que nadie la había visto ebria. Leo, bajó la mirada y camina arrastrando su silla a su habitación. No le hizo ningún comentario, sabía de aquel infierno y que como primera respuesta era no asumir su problema. En la misma habitación es ingresada Alba. Una chica que tras una noche de excesos, asalta una güisquería para obtener dinero fácil, porque no podía dejar de consumir cocaína. Todos allí tenían una historia, ninguna era nueva en ese fauno llamado enfermedad. Uno de los últimos días de mayo, celebra una fiesta en la residencia. Es invitada y ella acude, era en la planta baja cerca del gimnasio. Primero había una charla y todos los asistentes tenían una cosa en común, un cartel con un número y la palabra días. Era el grupo de la doctora Davyna, todos con una historia desgarradora a sus espaldas. Le invitaron a sentarse en el círculo y ella aceptó. Después de muchos días se sentía bien, no tenía rechazo de relacionarse. Cuando empezó a escuchar lo mismo que ella sentía y la hacía beber sin control, rompe a llorar porque se ve reflejada en cada uno de los allí reunidos. Rompió los estereotipos de ver la imagen del borracho mendigo y el brik de vino o del porrero de suburbio que terminaba delinquiendo o poniendo precio a su vida, por el mero hecho de seguir consumiendo.

Allí también se encontraba Liberto, el chico que intentó ser digno de su compañía y que ella rechazó. Él se acerca a ella, le da su mano, y la invita a acompañarle al medio. Ella, que puede andar con el peso de su culpa, se sienta en el centro y cuenta que se siente identificada con ellos, pero que socialmente no puede enterarse nadie de su problema, porque su empresa se desacreditaría y nadie querría invertir. Entre todos le dicen que se tome unos días con sus amigos, gente de confianza y salga al campo, que haga actividades nuevas o que piense en qué le gustaría hacer además de trabajar. Ella convencida, se marcha a casa. Va un grupo de amigos a buscarla. Pronto descubre que esos amigos, a los que confiesa su problema, no le dan tal importancia, porque ellos están peor que ella, pero no lo admiten. Ve la dureza de la verdadera causa y rompe con ese grupo que sólo le aconseja que se tome una copa y se relaje.

Liberto le dió su número de teléfono y ella llama… le cuesta mucho pedirle ayuda, puesto que había caído en el rol de siempre y había tomado unos tragos, pero que ya no le daban gloría y en este caso le hacían sentir mal y necesitaba poner remedio.

Ingresa en la clínica, en un área de alcohólicos anónimos. El doctor Braulio dirigía esa organización, lo primero que le pide es que firme si está dispuesta a estar en tratamiento y a reconocer que necesita ayuda. Ella, entregada por su pena y profunda tristeza, después de dar muchas vueltas a sus días rellena la solicitud y se compromete a ponerse en ayuda.

Después de un tiempo de reflexión, empieza por hacer una tabla de tareas, limpieza de su cuarto, su higiene y luego elegir talleres que ocupen su tiempo. Y la terapia de grupo de todos los días, donde cada uno va diciendo los días que lleva sin consumir y valorando sus propios cambios. De lo primero que se da cuenta, es que no hay enfermedades de ricos y adiciones de pobres. La soledad demandaba en las personas aislamiento, y para aguantar tal periodo de letargo, necesitaban un refugio: las drogas. También empieza a respetar a sus compañeros y desliga esas barreras sociales. Y nota algo, que su vida ya no tiene sentido con tales hábitos, donde todo negocio era pactado mediante una copa o abierto a vicios poco sanos.

Pasa el tiempo y tras horas de terapia de grupo y apoyo con el orientador, Martina sale adelante. Sacan todos partido del humor y hacer monólogos de su propia vida, riéndose de las carencias que tenían y asumiendo que la vida continúa donde empieza su propia salud y el amor propio.

 

 

 

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2 respuestas a “Crisálida

  1. Siempre se puede salir de cualquier situación, por difícil que sea y aunque parezca que estamos hundidos sin salida… Y lo más importante, siempre habrá alguien dispuesto a ayudarnos…

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